Me desperté esta mañana como de costumbre, me dirigí a la cocina para preparar un café… y me quedé paralizado. Allí, justo donde la cocina se une con la sala, vi algo que no debería estar ahí: una sustancia de color rosado salía lentamente de una grieta en la pared. Tenía un aspecto repulsivo, como si algo estuviera goteando desde dentro del muro.

Vivo en un apartamento alquilado, así que llamé al casero sin pensarlo dos veces. Para mi sorpresa, llegó en menos de media hora.
Miró la masa por unos segundos, frunció el ceño con algo de molestia y me dijo con total tranquilidad:
— No te preocupes, es solo espuma aislante vieja. Nada grave.
Se puso unos guantes, tomó un pañuelo y limpió parte de la sustancia como si no fuera nada. Luego se fue sin decir mucho más. Pero algo en su actitud me incomodó.
Parecía apurado, evitaba explicaciones y no quería que siguiera preguntando. Su comportamiento me dejó una sensación extraña, como si estuviera escondiendo algo.
No me quedé tranquilo. Le tomé una foto a la mancha y se la envié a un amigo biólogo que conozco.
Unas horas más tarde, me devolvió la llamada. Su tono era serio.
— Eso parece una colonia fúngica con micelio —me explicó— o quizás insectos parásitos que están utilizando el material aislante y el calor de la pared como hábitat.
Me dijo que este tipo de casos ocurren en zonas tropicales o en espacios mal ventilados, y que podría llevar años desarrollándose sin ser detectado. Lo peor: si no se trata, puede representar un riesgo importante para la salud, especialmente para el sistema respiratorio.
No lo pensé dos veces. Tomé mis cosas y salí del apartamento. Desde entonces, el casero no responde a mis llamadas.
No dejo de preguntarme: ¿y si no era solo moho? ¿Por qué se apresuró tanto a limpiarlo? ¿Por qué no quiso revisarlo más a fondo?
Tengo miedo de que haya algo dentro de esa pared… algo que quizás nunca debí descubrir.