
—“Camina, deja de hacer el ridículo, Pablo”, gritó mi padre, inclinado sobre mí, mientras yo seguía tirado boca arriba en el suelo del jardín.
El cielo estaba limpio, azul, los globos de colores atados a la verja se mecían despacio, y el altavoz seguía escupiendo una canción infantil ridícula. Era el cumpleaños número quince de mi hermano, Javier. Todos los primos, los vecinos, los amigos del instituto estaban allí, mirando. Algunos reían nerviosos. Otros fingen no ver. Yo sólo sentía un peso extraño en las piernas. O mejor dicho, no sentía nada.
Intenté incorporarme, pero mi cuerpo no respondió. Fue como si alguien hubiera dibujado una línea invisible a la altura de la cintura y, de ahí para abajo, mi cuerpo ya no me perteneciera. Abrí la boca, pero el aire se quedó atrapado en la garganta.
Mi madre rodó los ojos, cruzándose de brazos, con el delantal manchado de salsa.
El cielo estaba limpio, azul, los globos de colores atados a la verja se mecían despacio, y el altavoz seguía escupiendo una canción infantil ridícula. Era el cumpleaños número quince de mi hermano, Javier. Todos los primos, los vecinos, los amigos del instituto estaban allí, mirando. Algunos reían nerviosos. Otros fingen no ver. Yo sólo sentía un peso extraño en las piernas. O mejor dicho, no sentía nada.
Intenté incorporarme, pero mi cuerpo no respondió. Fue como si alguien hubiera dibujado una línea invisible a la altura de la cintura y, de ahí para abajo, mi cuerpo ya no me perteneciera. Abrí la boca, pero el aire se quedó atrapado en la garganta.
—No puedo mover las piernas —susurré, casi sin voz.
—Mira lo que estás haciendo, Pablo —dijo, molesta—. Estás arruinando el cumpleaños de tu hermano. Siempre tienes que llamar la atención.
Javier, con la camiseta nueva del Atleti y la vela del número 15 todavía clavada en la tarta, me miraba desde unos metros más allá. Tenía esa media sonrisa que conocía de sobra, la que usaba cuando se salía con la suya. Hacía apenas cinco minutos me había empujado cerca de las escaleras que bajaban al jardín. “No seas gallina”, me había dicho, antes de chocar su hombro contra el mío con una fuerza que sabía que me haría caer.
—Levántate ya —repitió mi padre, con la cara roja—. No estás tan mal, siempre exageras.
Quise explicarle que algo iba mal, que aquel hormigueo raro que había sentido al caer se había convertido en un vacío absoluto. Pero mi padre ya se había girado hacia los invitados, murmurando disculpas, riendo falsamente, como si yo fuera un espectáculo vergonzoso.
Alguien, detrás de mí, dijo:
—Creo que deberíamos llamar a una ambulancia.
No supe quién fue. Sólo escuché el murmullo creciente, el crujir de pasos acercándose y alejándose, el sonido de un vaso cayendo al suelo. El jardín empezó a oler a plástico caliente, a tarta, a sudor.
Cuando la ambulancia llegó, el ambiente se había vuelto pesado y espeso. La paramédica, una mujer de pelo rizado recogido en una coleta desordenada, se arrodilló a mi lado. Se llamaba Lucía, según el pequeño identificador de su uniforme.
—Hola, Pablo —dijo, con una voz calmada que no encajaba con el caos alrededor—. Voy a tocarte las piernas, ¿vale? Quiero que me digas lo que sientas.
Asentí con dificultad. Noté la presión de sus manos en mis muslos sólo porque veía cómo se hundía la tela del pantalón. Pero no había sensación, ni frío, ni calor, ni dolor. Nada.
—¿Notas esto? —preguntó, moviendo mis pies de un lado a otro.
—No —respondí—. No noto nada.
Lucía levantó la vista hacia mis padres. Sus ojos, antes suaves, se endurecieron un poco, apenas un matiz, pero yo lo percibí. Miró a Javier, que seguía detrás de ellos, con las manos en los bolsillos y la expresión cerrada. Después miró el escalón donde yo me había golpeado.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó.
Mi padre carraspeó.
—No mucho. Está exagerando. Siempre ha sido muy dramático.
Mi madre añadió:
—Se tropezó, nada más. Y se tira ahí como si estuviera… no sé, muriéndose. Y tenemos la fiesta, los invitados, los niños…
Lucía apretó los labios. Se inclinó de nuevo hacia mí, acercó su cara a la mía y me habló en voz más baja.