Clara dejó los documentos en la mesa con absoluta tranquilidad.
El suegro, incrédulo, los tomó con manos temblorosas. Sus ojos se movían rápido, pasando páginas, sellos, firmas… hasta que su cara perdió todo color.

— Dios… —murmuró—. Esto… esto es real.
La suegra se acercó por encima del hombro del marido, intentando leer algo.
— ¿O… ochenta millones? —balbuceó—. ¿Eso… eso en euros de verdad?
Ángela abrió la boca, como si hubiera visto un fantasma.
Daniel se levantó de golpe:
— Clara, cariño… ¿por qué no me llamaste? Podría haberte acompañado al abogado…
Ella lo miró fijamente.
— No hacía falta.
Hubo un silencio denso, incómodo, casi pegajoso.
El suegro carraspeó, se arregló la camisa y trató de sonreír.
— Bueno, Clara… mira… lo que dije ayer… ya sabes, uno se calienta… la economía del hogar… Ya no importa, somos familia.
Ella no dijo nada. Solo observó cómo de repente sus voces se volvían suaves, respetuosas, melosas.
— A partir de ahora —continuó el suegro— puedes contar con nosotros para lo que necesites. Esta siempre será tu casa.
La suegra añadió:
— Exacto, hija. Tú eres como una hija para mí. Y una mujer tan… exitosa siempre necesita apoyo.
Clara respiró hondo y, por primera vez en meses, sonrió con sinceridad.
— En realidad, ya he tomado una decisión.
Todos se inclinaron hacia adelante, expectantes.
— Mañana me mudo.
Daniel se quedó helado.
— ¿Te… te vas? ¿Cómo que te vas?
Clara lo miró con una mezcla de tristeza y liberación.
— Durante años hice todo: la casa, la comida, las compras. Y aun así, era “una carga”. Pues bien… no quiero seguir viviendo donde no soy querida.
El suegro dio un golpecito en la mesa.
— Pero ahora que tienes dinero, Clara, podemos arreglar todo. Las familias se apoyan. Además, Daniel te necesita, ¿verdad, hijo?
Daniel tragó saliva.
— Clara… no te vayas. Podemos empezar de nuevo.
Ella negó suavemente.
— No. No después de todo lo que escuché.
Por cierto… —sacó una tarjeta del bolso— mañana vendrá un tasador. Como la casa está a mi nombre desde la boda, necesito verificar su valor antes de decidir qué hacer con ella.
El suegro casi se atragantó.
— ¿¡Qué!? ¿La casa está a tu nombre?
— Claro —respondió Clara—. Fue un regalo de mi tío cuando me casé. Pero ustedes nunca lo supieron… porque nunca preguntaron nada sobre mí. Solo lo que les podía servir.
La suegra palideció.
— Pero… ¿qué vas a hacer con la casa?
Clara sonrió calmadamente.
— Ya lo veré. De todos modos, mañana me mudo. Y ustedes… buena suerte.
Tomó su bolso, cruzó la sala y salió mientras las voces desesperadas se alzaban detrás de ella.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que respiraba aire limpio.
Continuará… ¿Quieres que escriba la parte 2?